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Pascua

A cada Semana Santa siento que va a ser difícil reencontrar el niño puro que perdí

Pascua: cada

Recuerdo que los jueves mi madre, religiosamente, visitaba siete iglesias y yo la acompañaba en esa peregrinación llena de simbolismos y de fe. La semana ya había comenzado plena confianza en las creencias cristianas con el Domingo de Ramos y continuaba diariamente con un sentimiento un tanto lamentable y lúgubre, evidenciado en esas imágenes sacras cubiertas por enormes paños morados, en los templos católicos. Mi felicidad era recibir, como premio, una empanada de pescado y una coca, después de cada iglesia visitada. Esta delicia típicamente argentina cambiaba su relleno tradicional, que era de carne, por algo proveniente de mares o de ríos, respetando el precepto de abstinencia. Al final de las jornadas, yo, con mis siete u ocho años, se quedaba como uno de los protagonistas de la famosa película "La Comilancia" de Marco Ferreri, donde Marcello Mastroiani, Michel Piccoli, Philippe Noiret y Ugo Tognazzi se refugia en una mansión para comer hasta morir. Imagínese lo que es comer todo el día y beber refrescos. Pero mi madre hacía esto porque de otro modo habría sido imposible llevarme en ese programa poco atractivo a un niño de esa edad.

En la sexta, a la procesión del Vía Crucis, donde los fieles cargaban velas, iluminando las calles de mi barrio y el sábado no podía jugar ni usar herramienta alguna y mucho menos cantar o silbar, que era mi mayor diversión. En las radios sólo se oía música erudita de tradiciones religiosas, era Bach, Haendel, Haydn, Mozart y otros con un sentimiento melancólico y severo. Por fin, llegaba el domingo de Pascua con esos maravillosos huevos con los que estaba regalado, claro que mi sueño era ser grande y muy rico para comprar el huevo gigante que quedaba en la vitrina de una bombonière famosa en la calle Florida. Era tan grande que podía caber dentro de él y me imaginaba comiendo el chocolate por la parte de dentro hasta acabar con él.

Cosas de niño. Pero, ¿cuáles son mis cosas de adulto en esta Semana Santa? ¿Dónde quedaron mis inocencias, mi fe y mi voluntad de comer chocolate? Mis sueños son otros, menos ingenuos y bastante más complicados e irrealizables. Si tuviera aún ese deseo de infancia, correría hasta la tienda que vendía chocolates y compraría el enorme huevo para refugiarme dentro de él y resucitar en un mundo sin sufrimientos.

Autor: Raul Cánovas

Efectos Video: Variedad de Huevos de Pascuas - TAN DULCE


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